En las calles de Madrid, Barcelona o Sevilla, los carteles publicitarios prometen velocidades de vértigo y conexiones perfectas. 'El 5G más rápido', 'Cobertura total', 'La red del futuro hoy'. Las frases se repiten como mantras en las fachadas de las tiendas y en las pantallas de nuestros teléfonos. Pero detrás de este despliegue publicitario millonario se esconde una realidad mucho más compleja y, en muchos casos, decepcionante. Los usuarios pagan por un servicio que, en numerosas ocasiones, no cumple con lo prometido.
La investigación comenzó con una simple pregunta: ¿por qué mi teléfono marca 5G pero navega como si fuera 4G? La respuesta nos llevó por un laberinto de tecnicismos, estrategias comerciales y, lo más preocupante, prácticas que rozan el engaño. Las operadoras han aprendido a jugar con las expectativas de los consumidores, utilizando trucos técnicos que hacen aparecer el icono del 5G en situaciones donde la tecnología real dista mucho de ser la de quinta generación.
Uno de los descubrimientos más reveladores fue el llamado '5G NSA' (Non-Standalone), una versión híbrida que utiliza infraestructura 4G como base. Este sistema, aunque técnicamente es 5G, no ofrece las mejoras sustanciales que promete la publicidad. Las velocidades apenas superan a las del 4G avanzado, y la latencia –ese tiempo de respuesta crucial para aplicaciones en tiempo real– sigue siendo un problema sin resolver. Sin embargo, los teléfonos muestran el mismo icono que para el 5G puro, confundiendo al usuario promedio.
Pero el problema no termina ahí. La cobertura real del 5G en España presenta agujeros negros que las operadoras prefieren no mencionar. En zonas rurales y en el interior de muchos edificios, la señal simplemente desaparece. Los mapas de cobertura que ofrecen en sus webs son, en el mejor de los casos, aproximaciones optimistas. En el peor, auténticas ficciones cartográficas diseñadas para vender más líneas.
Las pruebas de campo realizadas para este reportaje confirman lo que muchos usuarios sospechaban: hay una brecha enorme entre lo prometido y lo entregado. En el centro de grandes ciudades, donde la inversión en infraestructura ha sido mayor, los resultados son aceptables. Pero basta alejarse unos kilómetros o entrar en un sótano para que la magia del 5G se desvanezca como humo. Las operadoras argumentan que se trata de un despliegue progresivo, pero los contratos se venden como si el servicio fuera completo hoy.
La regulación, por su parte, mira para otro lado. Los organismos de control carecen de los recursos necesarios para verificar las afirmaciones de las compañías, y los mecanismos de reclamación son tan engorrosos que la mayoría de usuarios desiste antes de empezar. Mientras tanto, las facturas siguen llegando puntuales cada mes, con cargos adicionales por servicios que, en la práctica, no reciben.
El impacto de esta situación va más allá de la simple decepción del consumidor. Empresas que confían en el 5G para sus operaciones, desde startups tecnológicas hasta fábricas que implementan Internet de las Cosas, se encuentran con limitaciones inesperadas. Proyectos innovadores se retrasan o fracasan porque la infraestructura prometida no está realmente disponible. El coste económico de esta brecha entre expectativa y realidad es incalculable.
¿Existe solución a este desencuentro? Los expertos consultados coinciden en que la transparencia sería el primer paso. Las operadoras deberían especificar claramente qué tipo de 5G ofrecen en cada zona, con datos reales de cobertura y velocidad. Los mapas interactivos deberían mostrar no solo dónde hay señal, sino qué calidad tiene esa señal en diferentes condiciones. Y los contratos tendrían que reflejar esta realidad, con cláusulas que permitan ajustar el precio según el servicio realmente recibido.
Mientras esto no ocurra, los usuarios tienen pocas armas para defenderse. Comparar ofertas se convierte en un ejercicio de fe, donde las promesas valen más que los hechos. Las pruebas independientes, como las que realizan algunas organizaciones de consumidores, ofrecen pistas valiosas pero insuficientes para tener una visión completa. Al final, cada persona debe convertirse en su propio investigador, probando la cobertura en los lugares donde realmente la necesita.
El futuro de las telecomunicaciones en España depende de cómo se resuelva este conflicto entre marketing y realidad. El 5G tiene el potencial de transformar nuestra forma de vivir y trabajar, pero solo si se implementa con honestidad y transparencia. Mientras las antenas sigan en silencio sobre sus limitaciones, los usuarios seguirán pagando por espejismos digitales que se desvanecen al primer intento de uso real. La pregunta que queda en el aire es: ¿cuánto tiempo más estaremos dispuestos a aceptar esta ficción como si fuera la verdad?
El silencio de las antenas: cómo las compañías ocultan la verdad sobre la cobertura 5G