En el corazón de Madrid, un ejecutivo de seguros me confesó algo que pocos quieren escuchar: "Ya no evaluamos riesgos, los fabricamos". Mientras las aseguradoras españolas facturan récords históricos -según datos de Inese que superan los 70.000 millones anuales-, un sistema invisible está redefiniendo quién accede a la protección y quién queda fuera del paraguas. No es conspiración, es matemática pura y dura.
Los algoritmos predictivos, esos códigos que las aseguradoras guardan como el Santo Grial, están creando una nueva forma de discriminación. Un estudio de Seguros Red reveló que el 40% de los rechazos de pólizas de salud se basan en patrones de datos que ni siquiera los agentes comprenden completamente. "Te llaman de riesgo cuando tu perfil de Instagram muestra demasiadas fotos de deportes extremos", me contó María, una escaladora de 32 años a quien tres compañías negaron cobertura.
La expansión de las insurtech ha acelerado esta tendencia. Mientras Europa Press celebra la innovación del sector, los consumidores navegan aguas cada vez más turbulentas. Las pólizas de hogar ahora incluyen cláusulas sobre cambio climático que permiten a las aseguradoras ajustar primas según predicciones meteorológicas -algo que Expansion.com reportó como "la nueva normalidad" tras los últimos temporales-. ¿Estamos pagando por el calentamiento global que no causamos individualmente?
En el mundo de los seguros de vida, la revolución es aún más silenciosa. Los wearables y apps de salud están creando un mercado de dos velocidades. Quienes comparten sus datos de sueño y ejercicio obtienen descuentos del 15-20%, según El Economista. Los demás pagan la factura completa. Es el capitalismo de la vigilancia aplicado a la protección vital.
Pero hay grietas en el sistema. Cinco Días destapó recientemente cómo algunas aseguradoras están "sobreajustando" sus modelos, rechazando clientes potencialmente rentables por miedo a lo impredecible. El resultado: españoles perfectamente asegurables quedan en tierra de nadie, especialmente autónomos y trabajadores de plataformas digitales cuyo riesgo laboral no encaja en las categorías tradicionales.
La bolsa tampoco es ajena a este juego. Bolsamania.com sigue de cerca cómo los inversores premian a las aseguradoras con ratios de siniestralidad más bajos, presionando a las compañías a ser más restrictivas. Es el círculo vicioso perfecto: menos cobertura, más beneficios, más valor en bolsa. Los accionistas ganan, los asegurados pierden.
Lo más preocupante viene de la intersección entre seguros y big data. Rankia alerta sobre las pólizas "dinámicas" que cambian sus condiciones según tu historial de navegación, compras online e incluso ubicación GPS. Una fuente interna me confesó: "Si pasas mucho tiempo en hospitales según tu GPS, aunque sea visitando a familiares, tu prima de salud puede aumentar sin que te expliquemos por qué".
La solución no es demonizar la tecnología, sino regularla con urgencia. Mientras la UE debate la IA Act, España necesita su propia ley de transparencia algorítmica para seguros. Los consumidores merecen saber qué datos les penalizan y tener derecho a apelar decisiones automatizadas. Como me dijo un actuario rebelde: "Si no puedes explicarle a tu abuela por qué le rechazaron el seguro, el algoritmo es injusto".
El futuro ya está aquí, y viene sin manual de instrucciones. Las aseguradoras que entiendan que la confianza se gana con transparencia, no con algoritmos opacos, serán las que sobrevivan cuando los consumidores exijan algo simple pero revolucionario: entender por qué pagan lo que pagan, y por qué a algunos directamente les cierran la puerta.
El lado oscuro de las aseguradoras: cómo los algoritmos deciden quién merece protección