En los últimos meses, mientras los medios financieros como El Economista y Expansión centraban su atención en las subidas de tipos o las fusiones bancarias, un fenómeno silencioso estaba transformando el mercado de seguros en España. Miles de familias descubren, justo cuando más lo necesitan, que sus pólizas tienen más agujeros que un queso gruyere. No es una metáfora: hablamos de exclusiones camufladas, cláusulas incomprensibles y renovaciones automáticas que esconden cambios sustanciales.
La primera víctima de este sistema es la transparencia. Según datos recopilados por INESE y analizados por este medio, el 68% de los asegurados no comprende completamente lo que cubre su póliza. Peor aún: el 42% descubre limitaciones importantes solo cuando presenta una reclamación. Las empresas, mientras tanto, facturan récords históricos. En 2023, el sector seguros creció un 7,2% según la Asociación Empresarial del Seguro, pero las quejas ante la Dirección General de Seguros aumentaron un 23%.
El hogar, ese espacio que debería ser sinónimo de seguridad, se ha convertido en terreno minado. Las pólizas multirriesgo, esas que prometen cubrir "casi todo", están plagadas de asteriscos. Daños por humedades, pero solo si provienen de tuberías principales, no de condensación. Robos, pero únicamente con fractura visible, aunque el ladrón haya usado llaves maestras. Y la joya de la corona: los daños eléctricos, excluidos si la instalación tiene más de veinte años, algo que afecta al 60% del parque inmobiliario español.
En salud, la situación es igual de preocupante. Las aseguradoras están implementando lo que algunos expertos llaman "el modelo low cost sanitario". Pólizas que mantienen primas estables pero reducen drásticamente la red de hospitales concertados, aumentan los copagos en especialidades o introducen períodos de carencia renovados cada año. El resultado: pacientes que pagan religiosamente su seguro pero que, cuando necesitan un especialista, descubren que la lista de espera es casi idéntica a la pública.
Lo más curioso es que esta situación coincide con un boom inversor en el sector. En Bolsamania, los analistas recomiendan comprar acciones de aseguradoras por su "solidez" y "crecimiento sostenido". Lo que no mencionan es que parte de esa rentabilidad se construye sobre prácticas cuestionables: renovaciones tácitas con incrementos camuflados, dificultades para cancelar pólizas online, o la famosa "actualización automática de capitales asegurados" que incrementa la prima sin que el cliente se percate.
Pero hay luz al final del túnel. Plataformas como SegurosRed están democratizando la información, permitiendo comparar no solo precios sino también coberturas reales. Y cada vez más consumidores exigen lo que debería ser obvio: contratos comprensibles, exclusiones claramente destacadas, y la posibilidad real de modificar o cancelar pólizas sin tener que enviar cartas certificadas.
El futuro del sector pasa por lo que algunos llaman "seguros a la carta". Pólizas modulares donde el cliente elige exactamente qué quiere cubrir, sin paquetes prediseñados llenos de servicios superfluos. Ya existen startups trabajando en este modelo, aunque las grandes compañías lo ven con recelo. Después de todo, la opacidad ha sido históricamente su mejor aliada.
Mientras tanto, la recomendación para los consumidores es simple pero crucial: leer, comparar y cuestionar. Revisar anualmente las condiciones, no solo el precio. Explicar claramente a los agentes qué esperan cubrir y pedir que señalen específicamente las exclusiones. Y sobre todo, recordar que el seguro más barato suele ser el más caro cuando llega el momento de usarlo.
La próxima vez que renueves tu póliza, detente un momento. Esa letra pequeña no es decorativa: es donde las aseguradoras esconden lo que no quieren que sepas. Y en un país donde el 92% de los hogares tiene algún tipo de seguro, esa información vale más que la prima anual.
El lado oscuro de las aseguradoras: cómo las pólizas de hogar y salud están dejando desprotegidos a los españoles