En los últimos años, el sector asegurador español ha vivido una transformación silenciosa pero profunda que pocos consumidores conocen. Mientras las grandes compañías mantienen sus fachadas tradicionales, por dentro se están convirtiendo en empresas tecnológicas que utilizan datos de formas que harían palidecer a los más avezados analistas financieros.
La revolución comenzó con los wearables y las apps de salud, pero hoy se extiende a sensores en coches, hogares inteligentes y hasta análisis de redes sociales. Las aseguradoras ya no solo evalúan riesgos basándose en estadísticas generales; ahora construyen perfiles personalizados de cada cliente con una precisión que asusta. Un ejecutivo del sector, que prefirió mantener el anonimato, me confesó: "Tenemos más datos sobre los hábitos de conducción de nuestros clientes que la propia DGT".
Este cambio de paradigma plantea preguntas incómodas sobre privacidad y equidad. ¿Es justo que dos personas paguen primas diferentes por el mismo seguro de coche porque una usa más el móvil mientras conduce? Las compañías argumentan que esto permite premiar a los conductores responsables, pero los críticos señalan que se está creando un sistema de vigilancia constante disfrazado de descuento.
En el ámbito de los seguros de salud, la situación es aún más delicada. Algunas pólizas ya ofrecen descuentos a quienes comparten datos de sus dispositivos de actividad física, creando un círculo vicioso donde quienes tienen peor salud pagan más por cuidarse. Es la paradoja del siglo XXI: la tecnología que prometía democratizar el acceso a la salud está creando nuevas barreras económicas.
Pero no todo son sombras. La inteligencia artificial está permitiendo detectar fraudes con una eficiencia nunca vista, lo que teóricamente debería abaratar las primas para todos. Un estudio reciente de INESE calcula que la tecnología podría reducir los costes operativos del sector hasta en un 30% en cinco años. La pregunta es: ¿se trasladarán esos ahorros a los consumidores o se quedarán en los bolsillos de los accionistas?
El mercado español presenta particularidades fascinantes. Mientras en otros países las insurtechs (startups tecnológicas de seguros) han irrumpido con fuerza, aquí las tradicionales han sabido adaptarse absorbiendo talento y desarrollando sus propias plataformas digitales. El resultado es un híbrido peculiar: empresas centenarias con la agilidad de una startup, al menos en el departamento de IT.
Los consumidores, por su parte, navegan entre la comodidad de las comparativas online y la desconfianza hacia algoritmos que deciden su prima. Las webs especializadas como Seguros.es se han convertido en herramientas indispensables, pero también en fuentes de datos valiosísimas para las aseguradoras. Cada búsqueda, cada clic, cada comparación alimenta los modelos predictivos que determinarán cuánto pagaremos mañana.
El futuro inmediato apunta hacia los seguros por uso, especialmente en automóviles, donde ya se ofrecen pólizas que cobran por kilómetro recorrido. Suena lógico, pero esconde una trampa: aquellos que necesitan el coche para trabajar (repartidores, comerciales) terminan pagando más, aunque sean conductores expertos. Es la vieja máxima del capitalismo digital: lo que parece personalización suele ser discriminación algorítmica.
En este panorama, la educación financiera se vuelve más crucial que nunca. Entender las cláusulas pequeñas ya no basta; ahora hay que comprender cómo nuestros datos se convierten en riesgo calculado. Organizaciones como SegurosRed.org hacen una labor encomiable explicando estos mecanismos, pero la complejidad técnica supera a menudo la capacidad del ciudadano medio.
La gran incógnita es cómo regulará Europa este nuevo ecosistema. El RGPD fue solo el primer paso; ahora se necesitan normas específicas para evitar que la tecnología amplíe las desigualdades en lugar de reducirlas. Mientras tanto, los consumidores debemos aprender a jugar con las cartas marcadas: nuestros datos son la moneda de cambio en un juego donde las reglas las escriben quienes tienen todos los ases.
Lo cierto es que estamos ante una encrucijada histórica. La digitalización del sector asegurador puede llevar a un sistema más justo y eficiente, o convertirse en la excusa perfecta para segmentar a la sociedad en categorías de riesgo. La respuesta dependerá no solo de la tecnología, sino de nuestra capacidad como sociedad para establecer límites éticos a un progreso que avanza más rápido que nuestra comprensión de sus consecuencias.
El lado oculto de los seguros: cómo las nuevas tecnologías están cambiando las reglas del juego