En el silencioso mundo de las pólizas de vida, donde las promesas se escriben con tinta jurídica y las esperanzas se miden en cláusulas, miles de españoles descubren cada año que lo que creían un salvavidas financiero puede convertirse en un ancla. Mientras las aseguradoras presentan cifras récord de beneficios -solo en 2023 superaron los 8.000 millones de euros en primas de vida según INESE-, los consumidores navegan entre exclusiones camufladas y periodos de carencia que parecen diseñados por un arquitecto de laberintos.
La primera trampa, casi invisible para el ojo no entrenado, se esconde en la definición de 'incapacidad'. Lo que para usted significa no poder trabajar, para la aseguradora puede ser simplemente 'no poder ejercer su profesión específica'. Javier, arquitecto de 42 años, lo descubrió cuando una lesión en la mano le impedía dibujar planos pero no dar clases. Su póliza, comprada hace una década, consideraba que seguía siendo 'productivo'. El vacío legal es tan amplio que algunas compañías incluso discuten si una enfermedad mental constituye realmente una incapacidad, a pesar de que la OMS la reconoce como tal desde hace décadas.
Pero el verdadero tesoro oculto está en los seguros vinculados a hipotecas. Esos productos que los bancos venden como obligatorios -aunque la ley solo exige el seguro de daños- y que esconden comisiones que harían ruborizar a un corsario del siglo XVIII. Ana, compradora de un piso en Valencia, pagó durante cinco años una prima que incluía un 40% de comisión para el banco. Cuando quiso cambiarse a una aseguradora más barata, descubrió que la cláusula de vinculación le impedía hacerlo sin pagar una penalización del 1% del capital pendiente. Un negocio redondo: el banco gana con la hipoteca, con el seguro y con la trampa.
El mercado de los unit-linked, esos seguros de vida que invierten en bolsa, es otro campo minado. Prometen rendimientos espectaculares -'hasta un 7% anual'- pero omiten mencionar que las comisiones de gestión pueden devorar hasta el 3% de la rentabilidad. Peor aún: muchos no advierten que, en caso de fallecimiento, los herederos reciben el valor liquidativo del día, que puede ser muy inferior al de la contratación si hay una crisis bursátil. La CNMV lleva años advirtiendo sobre estas prácticas, pero las quejas siguen acumulándose como hojas en otoño.
Y luego está el gran tabú: los seguros de decesos. Esas pólizas que todo el mundo tiene pero nadie lee hasta que es demasiado tarde. Las cláusulas sobre 'causas de muerte excluidas' son tan amplias que podrían llenar un diccionario médico. Suicidio, enfermedades preexistentes no declaradas (aunque fueran desconocidas), accidentes bajo efectos de alcohol... la lista parece diseñada para encontrar excusas, no para dar cobertura.
La digitalización, presentada como la gran revolución del sector, ha creado nuevos riesgos. Los comparadores online, útiles para encontrar precios, simplifican tanto la información que ocultan exclusiones cruciales. Y las apps de gestión de pólizas, maravillas tecnológicas, suelen tener términos y condiciones que permiten a las aseguradoras modificar coberturas con solo un aviso por correo electrónico que nadie lee.
Pero hay esperanza en el horizonte. La nueva ley de contratos de crédito inmobiliario, en vigor desde 2019, ha empezado a poner coto a los abusos de los seguros vinculados. Y organizaciones como OCU y Facua mantienen batallas legales que poco a poco van desmontando las prácticas más abusivas. El consumidor, cada vez más informado, comienza a leer la letra pequeña antes de firmar.
El consejo final de los expertos es simple pero poderoso: trate su seguro de vida como trataría una hipoteca. Compare, negocie, lea cada cláusula y, sobre todo, recuerde que el precio más barato no siempre es el mejor. A veces, pagar un poco más por una cobertura real puede salvar a su familia de un infierno burocrático cuando más lo necesite. En el mundo de los seguros, como en la vida, lo barato sale caro... especialmente cuando se trata de proteger lo que más queremos.
El laberinto de los seguros de vida: cuando las letras pequeñas esconden trampas millonarias