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El lado oscuro de las aseguradoras: cómo los algoritmos deciden quién paga más

En el silencioso mundo de las oficinas corporativas, donde las pantallas brillan con datos interminables, se está librando una batalla invisible. No es con espadas ni cañones, sino con algoritmos que escrutan cada detalle de nuestras vidas. Las aseguradoras españolas, aquellas que prometen un colchón contra la adversidad, han encontrado en la inteligencia artificial un arma de doble filo: mientras optimizan riesgos, dibujan perfiles que podrían dejar a muchos ciudadanos en la sombra.

Imagina por un momento que cada búsqueda en internet, cada compra online, cada like en redes sociales, se convierte en un punto de datos que alimenta un sistema que decide cuánto pagarás por tu seguro. No es ciencia ficción. En Expansión ya han destapado cómo algunas compañías utilizan datos de comportamiento para ajustar primas. El resultado: personas con hábitos considerados 'de riesgo' -aunque no hayan tenido siniestros- pagan hasta un 30% más.

Pero el verdadero drama se esconde en los márgenes. Según investigaciones de Cinco Días, los barrios más humildes de grandes ciudades como Madrid o Barcelona presentan primas desproporcionadamente altas en seguros de hogar. Los algoritmos, entrenados con datos históricos, perpetúan desigualdades: si tu código postal ha tenido más siniestros en el pasado, pagarás más en el presente, sin importar que tú nunca hayas reclamado.

El mercado bursátil tampoco es ajeno a esta revolución. En Bolsamania analizan cómo las aseguradoras cotizadas están utilizando estos sistemas para maximizar beneficios, creando un círculo virtuoso para sus accionistas pero cuestionable para el consumidor medio. Las acciones de las principales compañías han subido un promedio del 15% este año, mientras las quejas por primas injustas aumentan en el INESE.

¿Y qué pasa con los seguros de salud? Europa Press ha documentado casos donde pacientes con enfermedades crónicas ven cómo sus pólizas se encarecen año tras año, no por su historial médico, sino por patrones detectados en miles de casos similares. El algoritmo aprende que ciertas condiciones tienden a generar más gastos, y ajusta las primas preventivamente, creando lo que algunos expertos llaman 'discriminación estadística'.

En el ámbito automovilístico, la telemetría ha abierto la caja de Pandora. Seguros.es revela que los dispositivos que monitorizan la conducción pueden reducir primas para quienes frenan suavemente y evitan acelerones nocturnos. Pero también castigan a quienes, por trabajo o necesidad, circulan en horas punta o por carreteras secundarias consideradas 'peligrosas' por el sistema.

La paradoja es evidente: mientras las aseguradoras se presentan como guardianes contra la incertidumbre, sus herramientas más sofisticadas introducen nuevas formas de incertidumbre para el ciudadano. ¿Cómo saber qué datos te están penalizando? ¿Cómo apelar a una decisión tomada por una máquina que procesa millones de variables?

Algunas voces, como las que resuenan en El Economista, piden regulación urgente. La transparencia algorítmica se ha convertido en el nuevo grito de batalla de defensores del consumidor. Exigen que las compañías expliquen qué factores ponderan más, permitan apelaciones humanas y establezcan límites éticos a la minería de datos.

Mientras tanto, en foros especializados como SegurosRed.org, los usuarios comparten estrategias para 'engañar' a los algoritmos: desde cambiar hábitos de compra online hasta modificar rutinas detectables. Una carrera del gato y el ratón donde el ciudadano medio lleva todas las de perder.

El futuro se vislumbra aún más complejo. Con la llegada del internet de las cosas, no solo tu coche o tu historial médico serán analizados. Tu nevera, tu termostato, incluso tu reloj inteligente, podrían convertirse en fuentes de datos para calcular riesgos. La pregunta que flota en el aire es simple pero perturbadora: ¿estamos construyendo un sistema que protege a las aseguradoras más que a los asegurados?

La respuesta, como suele ocurrir en estos laberintos tecnológicos, está en algún punto intermedio. La inteligencia artificial puede detectar fraudes que antes pasaban desapercibidos, optimizar recursos y hacer más eficiente el sector. Pero sin controles éticos y transparencia, corremos el riesgo de crear un sistema donde el precio de la protección dependa de patrones invisibles que nadie comprende del todo.

Al final, como en toda gran revolución tecnológica, el verdadero desafío no está en lo que las máquinas pueden hacer, sino en decidir qué deben hacer. Y esa decisión, al menos por ahora, sigue en manos humanas. O debería.

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